Intolerancia o una cucharada de su propia medicina.
A veces hay que detenerse y ver aquellas cosas que le alegran la vida a uno.
Una de ellas es que ya no tengo católicos cerca de mi vida. Al menos entre la gente que me importa.
Si bien nunca fueron preponderantes en mi vida, yo pertenezco a esa masa informe de chilenos que nos bautizaron cuando guaguas para hacer una tomatera y luego años después nos metieron a la catequesis para hacer la Primera Comunión.
Gente en su mayoría de clase media que asistió a colegios públicos/municipalizados con padres no tan preocupados/seguros de sus valores cristianos, a los que les bajaba -a cierta edad de uno- esta cosa de la primera comunión, que a muchos les entusiasmaba porque estarían lo más cerca de ser importantes comiéndose un pancito desabrido en público.
Mi mamá decía que lo hacía por mi bien, porque así me podría casar sin tanto trámite, demostrando que ella era al fin y al cabo, una mujer de fe.
Hice la primera comunión ya grandecita porque mi mamá me obligó, la misma señora que después no me dejó ir a misa con una jardinera recién comprada, porque según ella yo sólo iba a mostrar mi ropa nueva al templo de nuestro señor. Tenía razón.
Entonces el catolicismo (y en mi caso, la religión y muchas otras creencias) no pasó nunca de ser del grupo de cosas extrañas que juntaba con los extraterrestres y el viejito pascuero. En otras palabras, estaba más cerca de lo correcto de lo que yo misma creía, porque esto es y será sólo una cuestión de fé.
Pero no una cuestión de valores o principios ni menos de rituales. Más tarde, recalé en un colegio católico. La historia resumida es más o menos así:
Había una capilla donde toda alumna bien puesta pasaba a echar su recito antes de clase. Las chicas populares en este colegio eran además las “participativas” que peleaban todos los años por el premio “señorita espíritu del colegio” (reconozco que yo le agregué el “señorita”). Estas chicas hacían su oración de rodillas en la fila número tres frente al altar.
Yo, -consumada en el arte de ser enfant terrible de liceo con número, y que deseaba a mis dieciséis años de desarrollo tardío tener un pololo y ojalá unas tetas más grandes- decidí que nada se perdía con rogar fervientemente todas las mañanas antes de clases, proponiéndome entonces unirme al rezo adolescente. La fe mueve montañas, decían las monjitas belgas mientras se reflejaba el sol en sus bigotitos aduraznados.
Decidí que para que llegara mejor a diosito mi oración desesperada, no me sentaría adelante (ya mi madre sabía qué feo es que tu mano derecha sepa lo que hace la izquierda, más en plena dictadura). Entonces tomé la madura y cristiana decisión de sentarme atrás, en el último asiento. Pero un pecadillo me dejé para mi: el asiento elegido estaba cerca, no demasiado, pero cerca a una de las puertas laterales de la capilla modernista.
Después supe que ese no era un pecado sino un defecto que me persigue hasta hoy.
El asunto es que después de un tiempo de rezar pidiendo más pechugas y un hombre conseguí algo que me hizo sentir mejor. Muchas de las alumnas de aquel recóndito colegio particular pagado de provincia empezaron a usar mi sistema para acercarse al señor, que debe haber estado, si Él existía en aquel año del milnovescientosytanto, repleto de pedidos de pechugas, esas que hoy entrega rápidamente el cirujano después de la fiesta de quince.
Así, creció mi popularidad y me hice la enfant terrible de los rezos matutinos de colegio católico de niñas de clase media venidas a menos; que créame usted lector o lectora, no es nada del otro mundo, nada comparado a sobresalir en el ambiente pasado a jote del liceo pobre.
Demás está decir que diosito decidió en otra injusticia de las que es especialista, en dejarme una exigua copa b tirando a a, y que por pololo me envió un universitario capitalino que sólo quería mi virginidad. Pero eso es otra historia a la que también culpo al catolicismo de su mal final.

