Crónicas marcianas
Mi vocación heterosexual fue bastante precoz. Muy chica ya estaba enamorada hasta la médula del rescatista bombero de pelo oscuro de una serie de dos rescatistas bomberos que daban en el canal 7 en las tardes de fines de los setentas. No me acuerdo cómo se llamaba el programa pero sí recuerdo que había loncheras rojas con los dos protagonistas impresos. Yo no usaba lonchera, yo usaba una bolsita de género con mis iniciales bordadas mucho más al estilo de la casita en la pradera.
(De La Pequeña Casa en la Pradera, o cómo yo lo entendía a mis cuatro años “La Casita de la Panadera” recuerdo con cariño a Laura Ingalls, con la cuál me identificaba ya que también era la hermana chica poco femenina de la familia, y también le tenía especial odio a Nellie Olsen, que era una niña rubia, llena de cachirulos, ricachona y mala, que yo la identificaba con Anita Pizarro, la mejor amiga de mi hermana mayor, que era una hija única y mala mala, porque mi hermana llegaba a la casa quejándose de que Anita esto o lo otro).
Mi vocación lectora también se definió tempranamente. El primer libro que leí fue Papelucho, a los siete años. Lo leí en un día. Después seguí con Mujercitas, Hombrecitos, Ivanhoe, El Diario de Anna Frank y todas esas cosas que eran dignas de llamarse literatura infantil. Me encantaban y los leías varias veces seguidas. Sí, era una niña rara nada de cool.
Mi vocación heterosexual y mi vocación lectora han estado unidas muchas veces.
Me he enamorado incontables veces de personajes de la literatura. Mi primer gran amor, y tal vez el único que no he logrado superar* es Spender, el explorador arrepentido de “Aunque siga brillando la luna” de las Crónicas Marcianas de Ray Bradbury (1955).
*Heathcliff tenía un encanto especial, pero creo que Catherine era su verdadero amor. Siempre me enamoraba de los personajes F.S. Fitzgerald, pero con el tiempo me he dado cuenta que muchas veces me sentí Amory o Gatsby, por lo tanto era más bien un amor narcisista en estado puro. Con Spender, en cambio, siento un poco de rabia de amar a alguien tan resueltamente estúpido, cosa más propia del amor real.
Spender -que se da el lujo de citar a Lord Byron: so we’ll go no more a roving, so late into the night, though the heart be still as loving and the moon be still as bright- tiene vergüenza de sus compañeros que vomitan las escaleras del templo marciano. (Ah, la vergüenza, un sentimiento subvalorado que siempre he admirado). Al final Spender enloquecido defiende el planeta que ya estaba destruido. (La causa perdida siempre es la motivación más romántica, para qué negarlo). Y muere.
Spender murió el 2001. Con Spender muerto, empieza la colonización de Marte. Con Spender muerto es más fácil entender porqué las cosas no tienen vuelta. Aunque, en el año 2008, siga brillando la luna.

