Sex and the city: thanks but no thanks
Como si el sexo fuera una cosa tan urbana. Como las zapatillas urbanas o los bares urbanos con nombres abstractos. Y el sexo, ya lo sabemos, no tiene más vueltas que eso. No hay una audiencia imaginaria que nos hace clap clap cuando nos encamamos con alguien.
Nunca fui muy fan de la serie. Los horarios conspiraban para que nunca la siguiera como la gente, como seguíamos Seinfeld o los Archivos Secretos X. Si hubo momentos hilarantes no lo recuerdo con especial claridad. Tampoco recuerdo con especial cariño los zapatos ni la ciudad. Y el sexo, by the way, aparecía tarde mal y nunca.
Como que ese feminismo encorsetado era tan patriarcal, y no creo que las mujeres hayamos aprendido a encamarnos sin culpa porque unas gringas enjoyadas lo hacían sin siquiera mostrar las tetas (excepto una, lo que hacía tan de pre-nup recién firmado el sexo que filmaban las otras). Que la ecuación independencia igual sexo nunca me cerró, menos al final cuando todas terminan con sus sueños cumplidos. Como que al final encontraron la flor de siete colores en su propio jardín. Me aburrí y me di cuenta que nunca fue tan divertido.
Que celebrar el polvo sólo se puede hacer a través de unas burguesas que buscan el amor, no sé. Como cuando todos felicitan a la embarazada: si al final, un polvo, cualquiera se lo puede mandar.

