Tíos putativos
En los años pretéritos de la zapatilla North Star o blanca o azul en invierno y la condorita o blanca o azul en verano, o la coca - cola de litro o el chocolito para el fin de semana; aquellos años de modorra conductual o represión, como quiera usted llamarle, en esos tiempos en que todo era poco, raro y feo, existía una especie que hacía nata: los tíos.
Venían en todos los colores, edades y aromas. En esos tiempos no teníamos tíos reales porque mis padres, de quién heredé la sociopatía, se las arreglaron para irse a vivir al pueblo más aislado de este pequeño país: entiéndame bien, Coyhaique era un hervidero urbano al lado de mi viejo pueblo. Y en esa soledad, en ese aislamiento, llenamos nuestras carencias de primos y tíos de sangre con miles de señores y señoras, que idénticamente faltos de afecto se encariñaban con uno y se transfromaban en los tíos.
Básicamente eran amigos de mis padres, que se las arreglaban para rodearse cada cierto tiempo de un mar de barbudos zaparrastrosos en los finales setentas y un montón de señoras embadurnadas de C de Ponds en los ochentas, en asados con guitarra y Gato Negro en el primer caso, o en largas tandas de “canasta” con vodka naranja, con las segundas. Sin embargo, en la mayoría de los casos se sentaban a ver la novela con mis padres mientras yo hacía las tareas, y ahí tomaban once con lo que había.
Esta vida de frecuentar tíos me ayudó a entender que los adultos eran tan frágiles, deprivados y necesitados como lo éramos los niños. Mientras jugábamos a cualquier cosa yo siempre tenía una oreja pegada y escuchaba a una de mis tías contarle a mi madre que tenía “adherencias” (nunca super qué eran pero siempre sonó muy grave y todo el mundo la justificaba por sus “adherencias”) mientras lloraba mordiendo un collar de oro, un collar que tenía como colgante una jaula vacía. O escuchaba a mis padres contarle chistes “picantes” a mis tíos sin usar las palabras que teníamos prohibidas, como “pico” o “teta”, incluyendo también “orgasmo” y cualquier cosa que hiciera alusión a la relación sexual.
Las conversaciones se repetían una y otra vez, y habían anécdotas que eran mis favoritas: las historias de mi tía enfermera en el campo las podía escuchar una y otra vez sin aburrirme.
Mis padres no se privaban de hacer comentarios maliciosos de los tíos delante de otros tíos, contando por ejemplo en largas jornadas como una de las tías que era conocida por su falta de inteligencia había metido a los niños en la renoleta y estos se le habían caido en la mitad del camino, o como había arrendando “La historia de las Sabanas” convencida de que era una película porno (yo me acuerdo de ese día, después de haber jugado Space Invanders todo la tarde con los hijos de mis tíos, habernos sentado a ver todos un lindo documental de la sabana africana).
Algunos se curaban, otros despotricaban contra Pinochet, todos se preocupaban de llevarnos regalos para los cumpleaños, las navidades e incluso para las graduaciones. Supongo que les tenía cariño, y debo decir que nunca quise a mis tíos de sangre como a la tropa de adultos torpes con los que conviví en mi infancia. Para nada.

